El desafío de las prioridades
No todo en la vida es igual de importante. No todo en la vida nos afecta igual. Si tratas lo que no es prioritario como si lo fuese, tu vida estará desequilibrada, si estabilidad.
Todo en nuestra vida lucha por ocupar el primer lugar: el trabajo exige más horas, la familia reclama atención, las metas personales piden energía, y hasta las distracciones intentan robar nuestro enfoque. Queremos vivir en equilibrio, pero terminamos sintiéndonos agotados y desenfocados.
La pregunta clave que puedes hacerte es esta: ¿Qué ocupa la prioridad en nuestra vida?
La clave está en el orden
Jesús lo dejó claro en Mateo 6:33:
«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas».
El secreto no es tratar de equilibrar todo por igual, sino establecer un orden, en el que lo primero esté primero. Cuando pones lo que importa en el primer lugar de tu vida, todo lo demás se equilibra. Cuando Dios está en el centro, todo lo demás encuentra su lugar.
Practicar lo primero
Poner a Dios primero no es un concepto abstracto, es una práctica diaria. Algunas formas simples de empezar:
- Tiempo para escuchar a Dios cada día: Poner a Dios primero es escucharle cada día en su Palabra y la oración.
- Decisiones guiadas por la fe: decidir lo que voy a hacer preguntándome «¿Qué quiere Dios que haga?», no guiados por nuestros propios deseos.
- Invertir en lo eterno con nuestros recursos: apartar lo mejor de nuestro dinero, talentos, tiempo y energía para servir a Dios, a lo eterno.
El fruto de poner a Dios primero
Cuando Dios ocupa el centro de nuestra vida, experimentamos paz, claridad y propósito. El equilibrio no es la ausencia de problemas, sino la certeza de que nuestro fundamento es sólido.
Poner a Dios primero no quita tiempo, lo multiplica. No añade carga, la aligera. Y no complica la vida, la ordena.
Una vida equilibrada comienza poniendo lo eterno por encima de lo urgente. Primero lo primero: Dios en el centro. Todo lo demás encuentra su lugar después.